A veces me siento como si viviera en el país de las maravillas, donde una cosa puede ser perfectamente otra, donde los límites de las cosas son borrosos, donde el aire está embebido de una niebla enigmática que, en fin, impide reconocer realmente qué es qué. Supongo que esta descripción habrá despertado cierto interés por saber a qué me refiero aquí. Antes que nada quiero aclarar que, en realidad, no me refiero a un país, sino a la lengua, que guarda algunos enigmas que no llego a explicarme. Vamos al grano: estoy hablando del español, lengua en la que la denominación de una cosa puede servir también para otra, solo con que se parezca un poco. Por ejemplo: un sillón (que dispone de una plaza) puede ser un sofá (de más de una plaza) y viceversa. Vapor (constituido de agua, las más veces) es humo (que no contiene agua), por lo que aquí las sopas ‘fuman’ (~ echar humo). El nombre de un material orgánico que, principalmente, proviene de un árbol (del alcornoque), el corcho (tapón de la botella de vino), sirve también para referirse a un material inorgánico: el plástico que se usa para acolchar piezas de muebles, poliestireno. Esta igualación de dos cosas no iguales me confunde, hablante nativo de otra lengua, el alemán, donde la distinción de las cosas ―también en el ámbito diario― suele ser más nítida que en español.
Estoy de acuerdo con que, en un momento dado, se utilice la palabra de un concepto para referirse a otro parecido, con tal de cumplir con el objetivo del lenguaje humano: la transmisión de un mensaje codificado de tal modo que el interlocutor comprenda este mensaje de la manera más íntegra posible. No obstante, nosotros que vivimos con y de la traducción de estos mensajes de una lengua a otra diferente, a mi entender, no podemos permitirnos este lujo de usar la primera palabra que se nos ocurra en una traducción. Es nuestro deber conocer bien el o los significados de una palabra y emplearla con propiedad y adecuación, y cuando no lo sabemos exactamente, investigar por encontrar la palabra equivalente para cumplir con le premisa de la fidelidad al texto original.
Si alguien no está de acuerdo con mi opinión expuesta en este artículo (resultado de experiencias que yo he vivido), estaré encantado de leer o escuchar una explicación de su desacuerdo o alguna rectificación de mis ejemplos aducidos más arriba. El objetivo de este artículo es llamar la atención sobre este tema, que me parece de gran importancia para los que trabajamos con la lengua, y fomentar la propiedad lingüística. No es mi intención provocar a nadie.

Interesante lo que comentas. Las palabras con el paso del tiempo evolucionan, tanto en su significante como en su significado. En su contenido, los hablantes añaden nuevas acepciones a la palabra; esto ocurre principalmente en el habla coloquial, donde premia la economía del lenguaje, la sencillez, la rápida comprensión. En las palabras «humo» y «corcho», el hablante aporta un nuevo concepto para designar con esas palabras una realidad diferente. La palabra «humo» adopta ciertas características de la palabra «vapor», pudiendo servir como sinónimo. Definición de «humo» del Gran Diccionario Vox de la Lengua: ‘Vapor de agua que despide un cuerpo al alcanzar una temperatura alta o un cuerpo al sufrir una reacción química’: el agua que hierve desprende humo. Definición del diccionario de María Moliner: ‘Masa formada por gotas pequeñísimas de un líquido, que se desprende al hervir éste’. La palabra «corcho», que deriva del compuesto «corcho blanco», se emplea para denominar al poliestireno expandido, pues su parecido al corcho orgánico —en cuanto a forma— es más que razonable. María Moliner le dedica una entrada en su diccionario: corcho blanco inf. Poliestireno expandido.